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El principio de precaución
En este punto de la vida, el cinturón de seguridad te lo pones siempre, ¿no? Esto se llama principio de precaución. Precaución para hacerte menos daño si te estrellas o precaución para que no te multen. El principio de precaución se aplica a todos los ámbitos de la vida, tanto a nivel personal como gubernamental o de empresa. Por ejemplo, las cuotas de pesca son siempre inferiores a la estimación del volumen de peces en un caladero, por si acaso pescamos demasiado y nos quedamos sin capturas para años venideros. Yo, en el laboratorio, recuerdo a los técnicos continuamente la disponibilidad de los espráis descontaminantes para salpicaduras químicas, por si acaso. Otros ejemplos del principio de precaución son sacarse un seguro o ponerse una vacuna. La contrapartida a ejercer el principio de precaución puede ser una molestia (el cinturón de seguridad aprieta), un gasto económico (un seguro), una menor ganancia (la compañía pesquera que puede pescar menos), o pasar un poco de vergüenza (los técnicos de laboratorio podrían pensar que soy un pesado).
¿Dónde más podríamos aplicar el principio de precaución? Supongo que un esfuerzo así depende de la ganancia que hay al otro lado. Se hace difícil pensar que alguien va a aplicarlo a algo que no cree que merezca la pena o no cree que exista. ¿Qué tal si hablamos de aplicarlo al cambio climático?
Si niegas el cambio climático, podrías decir:
-Paso, no me hace falta aplicar el principio de precaución, porque no hay beneficio al otro lado de algo que no existe.
De acuerdo, lo entiendo. Ahora, sin dato alguno, permíteme dividir a las personas que niegan el cambio climático en dos subgrupos: los plenamente convencidos y los que no lo tienen del todo claro pero aun así lo niegan. A continuación, voy a poner estos dos subgrupos ante dos conceptos: la falsabilidad de teorías y los sesgos cognitivos.
El cambio climático no es la teoría de cuerdas
La teoría de cuerdas propone que las partículas subatómicas son solo cuerdas extremadamente pequeñas, cada una vibrando a su forma. Hay matemáticas extremadamente desarrolladas respaldando esta teoría, pero ninguna prueba experimental. A día de hoy los aceleradores de partículas no tienen potencia suficiente para hacer experimentos que prueben o falsen esta teoría. La posibilidad de falsar una teoría es esencial en ciencia, necesaria para aceptar o refutar teorías y poder mantener o cambiar un paradigma existente.
Pero el cambio climático sí es falsable. Se pueden hacer mediciones que desvelen que el aumento de la temperatura del mar y la frecuencia de inundaciones y sequías no se deben a los gases de efecto invernadero emitidos por el hombre, sino a otra cosa. Mucha gente enseña gráficas y datos sueltos para rebatir los artículos publicados, pero no hay ningún artículo científico que proponga de forma sólida una causa distinta. Así que, si tienes alguna idea, pon tu dinero en ella. Estaremos encantados de leer y discutir esos nuevos resultados.
Mientras, para aquellos que niegan, pero tienen esa pequeña duda en su interior, me gustaría plantear las causas por las que su cerebro niega la ciencia que explica el cambio climático, pero acepta la ciencia que ha permitido construir el móvil que tienen entre sus manos.
Una buena teoría de la conspiración es la mejor medicina para mi sentimiento de culpabilidad
Sí, lo sé, es mejor sentirse víctima que participante. Pero si analizamos por qué nuestro cerebro nos empuja a negar el cambio climático igual podemos dejar de prestar atención a teorías de la conspración, desterrar nuestro inmovilismo y actuar. Una de las causas del negacionismo climático es el sesgo del presente: nos resulta difícil y costoso mentalmente preocuparnos por cosas que están lejos en el futuro. Otra es la reticencia a sentir disonancia cognitiva, o el intento por evitar pensamientos de culpabilidad por hacer algo que sabes que está mal (coger el coche para ir a comprar el pan a la esquina). Otra es el sesgo de confirmación, por el que una vez has decidido que el cambio climático no es real, solo buscas y prestas atención a la información que va en ese sentido. Este me lleva a la identidad tribal, que te apremia a permanecer con los que piensan como tú, en lugar de cambiar tu visión sobre un tema y “salir del armario ante los miembros de tu grupo”. Otra es la sensación de impotencia, que te lleva a desconectar. Y por último, la preferencia por la simplicidad (no existe y ya está) frente al esfuerzo de intentar entender la complejidad de los datos e interacciones de un hecho de este tipo.
Holden, protagonista de El guardián entre el centeno, se siente perdido y desorientado cuando es expulsado del internado donde estudia, y, avergonzado, se dedica a vagar por Nueva York en lugar de volver a casa de sus padres por las vacaciones de invierno. Holden pregunta a varias personas sobre dónde van los patos de Central Park cuando se hiela el lago en invierno. Esta pregunta es un reflejo de su ansiedad sobre el cambio, la pérdida de la inocencia y hacia dónde van las cosas (y las personas) cuando las circunstancias se vuelven difíciles.
¿Y qué hacemos?
Pues yo propongo dos cosas. Primero aplicar el principio de precaución. Con ello eliminamos de un plumazo la necesidad del sesgo de confirmación y la preferencia por la simplicidad, que nos pueden estar causando una disonancia cognitiva (negamos el cambio climático, pero en nuestro interior sentimos que algo hay). A continuación, propongo las acciones donde muchos pocos unidos hacen un uno muy grande. Estos son participar en manifestaciones (pacíficas) y tu voto.
La vulnerabilidad y desorientación de Holden ante lo desconocido refleja perfectamente cómo muchos nos sentimos ante la incertidumbre climática. Pero él se paraliza, y yo propongo aquí la acción a los que niegan el cambio climático y se atreven a dar el salto a través del principio de precaución, por el bien común y por el propio.
-Oiga Horwitz -le dije-. ¿Pasa usted alguna vez por el lago de Central Park? ¿El que está en Central Park South?
-¿El qué?
-¿El lago, ya sabe. Ese lago pequeño que hay ahí. Donde están los patos, ya sabe.
-Sí, ¿Qué pasa con ese lago?
-¿Sabe? ¿Esos patos que hay siempre nadando ahí? En la primavera y eso. ¿Sabe por casualidad adónde van en invierno?
Holden Caulfield, El guardián entre el centeno. J. D. Salinger